En nuestro trabajo, es demasiado fácil caer en la trampa de pensar que todo lo que va mal se debe en muchas ocasiones al superior jerárquico. “Ha cambiado a alguien de turno sin motivo, tiene favoritismos, no resuelve nada, solo está para cobrar…” Y sí, puede que en algunas o en muchas situaciones sea cierto. Pero si condicionamos nuestra forma de trabajar, nuestra entrega y motivación a la calidad del superior que tenemos por encima, estamos perdidos.
Porque ser Policía, Guardia Civil o miembro de cualquier cuerpo de seguridad no es solo un empleo. Es una forma de vida, una responsabilidad y, sobre todo, un compromiso con uno mismo y con la sociedad. Un compromiso de hacerlo bien, de proteger, de dar lo mejor, incluso cuando el entorno no sea perfecto.
¿De quién depende tu motivación?
Muchos Agentes sienten frustración porque los equipos no cuadran, porque no se valoran sus esfuerzos o porque el jefe no está a la altura de las circunstancias. Y sí, puede doler. Pero más peligroso que tener un mal jefe es perder el norte de nuestra labor por culpa de uno. Caer en el victimismo, en la crítica constante o en la “huelga de bolis caídos” solo nos lleva a perjudicarnos a nosotros mismos, no al sistema.
La clave es asumir el control de lo que está en nuestro ámbito de actuación. Lo fácil es echar la culpa al de arriba. Lo difícil —y lo valiente— es mirarse al espejo y preguntarse: “¿Estoy haciendo todo lo que puedo dentro de mis posibilidades? ¿Estoy cumpliendo con profesionalidad, con motivación, con ganas?”
Intenta no criticar… hasta que no seas impecable
La crítica al superior jerárquico solo tiene valor efectivo cuando quien la hace ya ha dado el 100% de sí mismo. Porque solo desde la excelencia individual se puede exigir responsabilidad a los demás. Porque un Agente Operativo que se forma, actúa con cabeza, que busca soluciones, que conoce sus competencias y las ejecuta con firmeza, tiene autoridad moral para pedir lo mismo a su superior, de no hacerlo tras haber intentado todo lo que está en nuestra mano, entraríamos en el bucle de mediocridad que estamos criticando.
Y cuando lo haces así, el superior que no cumple con su competencia se incomoda. Se ve expuesto. Tiene dos opciones: ponerse las pilas o quedar retratado. Y ahí está el poder del subordinado motivado: no se enfrenta, exige desde la profesionalidad, desde la acción. Lleva trabajo a la mesa del jefe, plantea mejoras, genera movimiento. Sin necesidad de levantar la voz.
El liderazgo se contagia
Un Líder de verdad no necesita galones para que se le reconozca. Se le nota en la calle u oficina cuando enfrenta el delito, en la actitud, en la manera en la que ampara a su gente cuando todo se tuerce. Se nota cuando, en una situación complicada, pone su número de carné profesional o TIP y asume la responsabilidad. Cuando da la cara por su equipo, grupo o unidad, cuando escucha, cuando se interesa fuera de servicio sobre la situación concreta de un agente…
Pero también hay jefes que no lideran. Que están por estar. Que solo cumplen expediente. Y ante esos, nos toca a nosotros mantener la esencia de la profesión. Porque lo que hacemos importa, y no podemos permitir que lo que está mal arriba apague lo que llevamos dentro.
Trabaja como si fueras el referente, aunque nadie te lo reconozca
Estés en la escala básica, de subinspección, ejecutiva o superior, (guardias y cabos, suboficiales, oficiales, oficiales generales en la Guardia Civil)… siempre tendrás alguien por encima. No esperes al momento perfecto para actuar con responsabilidad y visión. Hazlo desde ya. Sé el líder que te gustaría tener. Sé el referente, aunque aún no lleves galones. Y cuando se lleven, que no pesen.
Esto es la Policía. Esto es la Guardia Civil. Esto es servicio público, sacrificio, justicia. No dejes que la mediocridad de otros te arrastre. Tú eliges cada día si vas a ser parte del problema o del cambio.
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