La experiencia de vida de ser padre o madre y Policía al mismo tiempo te transciende desde lo más profundo de tu ser. Es una forma de vida donde tu vocación se convierte en ejemplo, donde tu servicio se refleja en la educación de una vida aun por escribir y donde tus valores sociales y operativos se heredan sin necesidad de discursos. El reto es difícil pero fructífero si lo realizas desde la esencia con la que vives tu labor como miembro de una Fuerza y Cuerpo de Seguridad. La decisión es tuya; no es fácil, pero ver en algo único como un hijo/a que tus valores y principios básicos se trasmiten en el ejemplo diario de afrontar la vida en unión a tu labor profesional como Policía, no puede explicarse en palabras… hay que sentirlo.
1. La semilla que cambia tu mundo
No hay sensación comparable a la de tener un hijo entre tus brazos. Te transforma. Tus objetivos cambian de lugar. Tus prioridades se reorganizan sin necesidad de pensarlo mucho. Se te tambalea todo como un funambulista en una cuerda floja. Pero no temas, es solo la semilla de lo que vas a ser capaz de construir. Tu fuerza crece, porque un hijo no frena tus metas, las impulsa. En tu camino como Policía, hace que cada intervención o investigación, cada formación, cada ascenso, tenga un sentido que va más allá del deber: tiene nombre y tus apellidos.
El ritmo frenético de la vida moderna se ve desafiado por la calma que trae ver a tu hijo jugar, dormir, o simplemente existir. Empiezas a encontrar belleza en lo simple. Tus decisiones ya no son solo tuyas: impactan en la persona que está aprendiendo el mundo a través de ti. Tu ejemplo será su forma de vida, tus palabras las escuchará pero se desvanecerán si no van en consonancia con tus acciones.
2. Nacer entre principios firmes
Un niño que nace en una familia de policías nace en una estructura sólida, con principios marcados a fuego: justicia, coraje, disciplina y compromiso. Nace en un hogar donde se entiende la fragilidad del ser humano, porque papá o mamá (o ambos) han estado en los márgenes de esta vida de lo que otros ni imaginan. Donde se ve a diario que la protección es una acción, no una palabra. Que ser fuerte es un deber, y ser justo una necesidad.
Estos niños ven cómo sus padres callan penas y ocultan tensiones para no trasladarlas al hogar. Pero lo que no se puede ocultar es la firmeza del ejemplo. El modo en que esos padres resuelven problemas, cómo previenen el conflicto en plena calle, cómo actúan con discreción pero con firmeza. Eso se transmite, se absorbe, se hereda.
Desde los primeros años, los niños tienen como primeros objetivos de juego varios temas estándar, y uno de ellos es el coche de policía. El coche de policía en todo lo que conlleva: un vehículo que tiene unas luces para llamar la atención, con la palabra “Policía” grabada en sus laterales. Que se mueve por la casa en manos del niño buscando al malo que tiene en su imaginación, persiguiendo a un coche en el que se están dando a la fuga por empotrarse con su dinosaurio favorito…
Un juguete que todo niño, independientemente de la labor profesional, ideología o inclinación política que tengan sus padres, tiene en su cajón de juguetes.
Y este hecho, este simple objeto inanimado significa mucho. Significa que el niño sabe desde bien pequeño que hay alguien que se dedica a imponer justicia en la calle. Sabe que hay alguien ahí fuera que cuando pasa algo malo corre en contra del resto para enfrentarse a ello. Por eso, si tu hijo tiene la suerte de que seas Policía o Guardia Cívil, recapacita cada vez que flojees o te desanimes por la labor que haces, porque tu hijo no se lo plantearía nunca.
3. Educar con el ejemplo (o no educar)
No vale solo con contar historias. Hay que vivirlas con coherencia. Hay padres que venden a sus hijos una imagen heroica, pero luego viven de espaldas a la verdadera vocación policial: critican, se acomodan, actúan sin principios. Eso no educa: confunde.
Como decía Denzel Washington en John Q: «La manera en que haces algo es la manera en que haces todo». Si vas a contarle a tu hijo que su padre es un defensor de la justicia, asegúrate de estar construyendo justicia también dentro de la institución. Que tus actos en el servicio honren lo que predicas en casa. No critiques la falta de valores si tú no eres el primero en aplicarlos.
Tu hijo te ve. Siempre. Incluso cuando no estás hablando. Y lo que absorbe no es lo que dices, sino cómo actúas cuando nadie te aplaude. El respeto, el temple, la generosidad, la firmeza. Eso es lo que se graba a fuego en un niño.
4. De la vocación a la herencia emocional
Los hijos de Policías o Guardias Civiles no solo heredan valores. Heredan también sensibilidad. Saben desde pequeños que el mundo no es solo arcoíris. Aprenden que hay personas buenas y malas. Hay quien necesita ayuda, y que a veces hay que actuar aunque no sea tu obligación directa. La empatía es una herramienta, no una debilidad.
Y todo eso, lo aprenden porque tú se lo muestras con acciones. Porque cuando entras en una tienda y observas que alguien está alterado, haces lo necesario para evitar un problema sin que tu hijo siquiera entienda cómo lo hiciste. Porque al ver una pelea, tu cuerpo reacciona antes que tu mente para minimizar el problema o perjuicio de terceros sin comprometer la integridad de tu familia. Porque ante la injusticia, tu rostro cambia, tus pasos se aceleran, tu tono se endurece. Todo eso, lo heredan.
No por genética. Por ejemplo.
Conclusión: Ser padre o madre y Policía es un acto de coherencia
Ser Policía o Guardia Civil no es solo tu trabajo. Es tu esencia. Y si eres padre o madre, esa esencia se convierte en legado. Cada día que sales a la calle y vuelves entero, cada día que decides actuar con dignidad dentro de tu servicio, estás sembrando en casa.
Tu hijo no necesita que seas perfecto. Necesita que seas coherente. Que lo que digas lo vivas. Que lo que representes como Policía, lo practiques en el salón de tu casa. Y si lo haces, si decides ser ese referente de verdad, estarás cumpliendo dos servicios esenciales de vida, el de proteger a la sociedad… y el de formar a un ser humano noble, fuerte y justo.
Y no hay labor más grande que esa.
Para los pequeños del grupo; Lara, Guzmán, el tan deseado Manuel y los guerreros de sus progenitores.
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