Ser Policía o Guardia Civil nunca ha sido un trabajo fácil ni normal. Es una profesión de sigilo, de cautela, de actuar en la sombra para culminar una actuación sin más trascendencia que los perjuicios legales que se le puedan causar al delincuente o al objetivo de una investigación.
Sin embargo, en los últimos años hemos relajado la autoprotección. Y esto, es un lujo que no nos podemos permitir. España fue durante décadas un país donde el terrorismo buscaba Policías y Guardias Civiles como objetivo. Un país en el que ser agente suponía mirar cada mañana debajo del coche, trazar recorridos alternativos para ir a casa o al colegio, y donde la familia aprendía que las cortinas se echaban para no enseñar nada del interior y el uniforme se tendía dentro del domicilio, nunca a la vista de los vecinos. La discreción era la supervivencia del operativo y de su familia.
En la actualidad, los agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad siguen siendo objetivos directos de las redes criminales, no se definen terroristas por que no tienen un nexo común en la definición literal de terrorismo, pero el peligro sigue siendo el mismo.
Hoy vivimos otra realidad: redes sociales, inmediatez, validación constante a golpe de “me gusta”. Muchos agentes publican información sobre ascensos, fotos mostrando información laboral, detalles de su vida personal relacionada con el uniforme o incluso de sus hijos. Y no se es consciente de que cada publicación es una grieta en la seguridad en todos los ámbitos. Los hechos lo demuestran: cada poco tiempo tenemos noticias de Policías o guardias Civiles reconocidos y agredidos fuera de servicio, simplemente por identificarse como Policías o Guardias Civiles, o por represalias.
Redes sociales: cuando la vanidad pone en riesgo la seguridad
No olvidemos que nuestra profesión exige discreción. Publicar nuestra vida profesional en redes no solo nos expone a nosotros, sino también a nuestras familias. No se trata de vivir con miedo, sino con sentido común: no dar más información de la que queremos que se sepa. Porque lo que hoy parece inocuo, mañana puede ser usado en nuestra contra.
La velocidad con que se mueve la información y la falta de control sobre lo que se publica puede llevar a consecuencias perjudiciales para el agente si esa información cae en manos de quien no debería. Una foto en un estado de whatsapp de uniforme con tus hijos o una historia compartida en Instagram puede llegar a cualquier rincón del lugar que menos nos gustaría que llegara.
Si queremos actuar con profesionalidad y contundencia cuando se nos requiere, debemos mantenernos en la sombra mientras no tengamos esa obligación de intervenir.
Emblemas y merchandising: el riesgo de llevar la profesión a cuestas
El merchandising policial —camisetas tácticas, pulseras con escudos, tatuajes visibles de promociones o unidades— puede parecer orgullo de pertenencia. Pero en la calle, lejos del servicio, supone un cartel luminoso que dice quién eres.
En servicio, estamos atentos, prevenidos y listos para reaccionar. Pero en la vida personal, en un centro comercial con la familia o en una gasolinera de madrugada, no podemos mantener ese nivel de alerta constante. Ahí radica el peligro: si te identifican y no estás preparado, la sorpresa la lleva el agente… y la paga su familia.
El delincuente no descansa. No tiene horario. Y nosotros, aunque llevemos siempre la profesión por bandera, no podemos estar en alerta 24/7. Por eso es vital no regalar pistas.
Profesionalidad dentro, discreción fuera
Nuestro deber es ser contundentes, profesionales y visibles cuando vestimos el uniforme. Ahí sí debemos imponer respeto y confianza. Pero fuera de servicio, toca ser discretos, invisibles, preparados para intervenir si hace falta, pero sin anunciar a voces quiénes somos.
Ser policía en España, hoy no garantiza respeto social. El término ACAB está pintado en casi todas las ciudades y pueblos. La hostilidad hacia la autoridad está ahí, latente pero palpable en muchas ocasiones Por eso la autoprotección ya no es una opción: es una necesidad.
Conclusión: volver a lo esencial
Tenemos que recuperar lo que nos enseñaron generaciones anteriores: sigilo, prudencia y autoprotección. Que la sociedad sepa que siempre habrá un Policía o un Guardia Civil dispuesto a intervenir cuando haga falta, pero que no nos puedan señalar en cualquier momento por imprudencia propia.
Seamos profesionales, contundentes y justos en servicio y Ángeles Custodios discretos fuera de él. Porque si alguien tiene que ser sorprendido, que sea el malo… y no nosotros ni nuestras familias.
Como establece la máxima militar “Se palco en palabras y que los hechos hablen por ti”
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