Vivimos en la era de la información más influyente de la historia. Cada día, cientos de noticias nos abordan y nos impactan, muchas veces sin filtro. Algunas son ciertas, otras claramente falsas, y casi todas llegan sesgadas según quién sea el emisor. Los medios de comunicación, y sobre todo las redes sociales, se han convertido en altavoces que moldean la opinión pública, empujando a cualquier persona a cuestionarse constantemente qué pensar, cómo actuar y a quién creer.
En nuestra profesión, este bombardeo continuo es un riesgo añadido. Los estímulos contradictorios erosionan la coherencia interna y ponen en jaque el propósito que un día juramos cumplir. No se puede ser un profesional sólido si se intenta vivir al compás de la opinión popular, si se pretende resolver todos los problemas del mundo o si se actúa condicionado por las corrientes mediáticas y políticas del momento.
Tener criterio y opinión sobre cuestiones sociales, políticas o incluso de prensa ligera puede ser útil en la vida personal, para interactuar y posicionarse en un entorno social. Pero cuando estamos de servicio, no podemos permitir que esa maraña de información afecte a nuestra manera de actuar como Policías o Guardias Civiles. En el trabajo, el foco debe estar en el ahora, en lo tangible y en lo que realmente está bajo nuestra responsabilidad directa.
Ahí entran en juego los valores y principios que deben sostener nuestra función: Servicio, Dignidad, Entrega y Lealtad, todo ello sustentado sobre la base de la Justicia. Estos no son conceptos teóricos ni frases bonitas de academia, son el ancla que nos permite mantenernos firmes en medio de un entorno que cambia cada hora.
Los valores y principios policiales son, en definitiva, la guía que garantiza que cada actuación —desde una simple identificación, una investigación compleja, hasta el uso legítimo de la fuerza— se realice con eficacia, legitimidad y respeto a los derechos fundamentales. Nos recuerdan que lo que da verdadero valor al uniforme no es el poder que otorga, sino la responsabilidad de ejercerlo con integridad, dejando fuera los sesgos ideológicos, las influencias externas y la manipulación mediática.
Trabajar desde ellos no solo asegura un servicio público ejemplar, también protege nuestra propia salud mental. Porque cuando un agente sabe que ha actuado conforme a la ley y a sus principios, puede descansar en paz consigo mismo, sabiendo que ha sido justo y que ha honrado su juramento.
La salud mental de los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad no puede estar a merced del vaivén informativo ni de las corrientes de opinión externas. Pretender adaptarse a cada noticia, discurso político o tendencia en redes sociales es condenarse a una inestabilidad permanente que mina la motivación y la capacidad de decisión. Para protegernos de esa sobrecarga, es esencial trabajar con una línea estable de creencias claras; de principios, de formación y valores.
Estas cualidades a la hora de enfrentar nuestra dificil función actúan como un filtro que separa lo realmente importante de lo accesorio, evitando que la manipulación o la presión mediática penetren en nuestro trabajo. Esta forma de enfocar la profesión no solo fortalece la legitimidad de nuestras actuaciones, sino que también preserva algo igual de valioso: la estabilidad emocional que nos permite seguir ejerciendo con firmeza, paz mental y resiliencia a lo largo de los años.
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