EL CICLO DEL ESTRÉS EN PATRULLA: LO QUE TU CUERPO SABE ANTES QUE TÚ

El estrés es un compañero inseparable del trabajo policial. No aparece solo cuando un sujeto saca un arma o cuando la intervención se complica. Empieza a actuar desde el instante en que informan de cualquier tipo de servicio urgente por la sala de coordinación. El cuerpo y la mente se preparan en ese momento para abordar el servicio, condicionando esa activación cómo te mueves, cómo analizas, cómo comunicas, como ejecutas una reducción o un engrilletamiento, como plasmas la intervención en un atestado y cómo recuerdas después lo ocurrido.
Comprender este ciclo de estrés no es psicología ni sensibilidad profesional: es táctica operativa pura. Saber qué te ocurre por dentro te permite controlar mejor lo que haces por fuera. El objetivo no es eliminar el estrés, sino entenderlo para que trabaje contigo en cada momento de la prestación de cualquier servicio en vez de en actúe en tu contra.

1. Qué es realmente el ciclo del estrés

La ciencia divide el ciclo del estrés en cuatro fases que se encadenan sin que tú lo decidas: la anticipación previa, la fase aguda o de crisis, la descarga inmediata después del incidente y finalmente la integración o cronificación. Cada ciclo tiene un componente fisiológico, uno psicológico y uno operativo que interactúan entre sí.
No es el estrés lo que te perjudica, sino desconocer en qué punto del ciclo te encuentras. Muchos agentes operativos confunden reacciones normales con fallos personales, cuando en realidad responden a un sistema nervioso funcionando tal y como está diseñado.

2. Fase 1 – Anticipación: el aviso ya te está preparando

La activación funcional del cuerpo y la mente comienza mucho antes del contacto real con la amenaza. Basta un aviso de arma de fuego, blanca u objeto contundente, una riña tumultuaria o una intervención en interior de  un inmueble para que el sistema simpático empiece a trabajar. Suben las pulsaciones, cambia tu respiración, aumenta la tensión muscular y la química del cuerpo se orienta a la supervivencia. No necesitas pisar el lugar de comisión,  tu organismo ya ha entrado en modo preparación.

A nivel mental, esta fase crea un estado de vigilancia intensa donde los escenarios se proyectan solos y de manera involuntaria si no está lo suficientemente entrenado, normalmente en su versión más negativa. Aparece un diálogo interno que intenta ajustar expectativas o reducir incertidumbre, aunque a veces lo que hace es incrementarla. De esta combinación fisiológica y psicológica depende que llegues a la intervención sobre-activado, en un estado demasiado alto de alerta, o infra-activado, minimizando el riesgo. Ambos sesgos son fruto de lo que prevés, no de la realidad que posiblemente vayas a encontrar.

En un binomio de patrulla de seguridad ciudadana, esta fase marca la diferencia del éxito en la actuación. La calidad de la intervención empieza con la conversación que mantienes con tu compañero camino del aviso: coordinar funciones, compartir expectativas o repasar un protocolo o instrucción establecida evita que cada uno llegue con su propio “guion mental”. La anticipación no solo prepara, también desorienta si no se gestiona bien.

3. Fase 2 – Crisis: cuando todo ocurre de verdad

En la crisis, tu fisiología alcanza su punto más alto. En situaciones reales y en entrenamientos de alta intensidad se han registrado según estudios frecuencias cardíacas por encima de 150 o 170 pulsaciones, niveles que alteran por completo la percepción. El cuerpo acelera la respiración, libera hormonas del estrés y reduce recursos destinados a funciones secundarias para centrarlo todo en la supervivencia.

Los cambios perceptivos de esta fase son especialmente relevantes en la labor Policial. La visión túnel te hace perder parte del campo visual, aunque no seas consciente. La audición excluyente filtra ruidos que no considera esenciales, lo que explica que muchos agentes no escuchen las órdenes de su propio compañero o las indicaciones de la sala de coordinación o superior al mando. El tiempo puede enlentecerse o acelerarse, y la motricidad fina se dificulta, complicando gestos como grilletes, manejo de armas o manipulaciones delicadas. Además, el pensamiento se vuelve más rígido: bajo presión, el cerebro recurre a lo entrenado, no a la improvisación.

Esto tiene una traducción operativa clara. Puedes no detectar un segundo agresor, puedes malinterpretar movimientos y reaccionar de manera ilógica, puedes comunicar con dificultad o puedes reaccionar con más agresividad o laxitud de lo necesario. Nada de eso indica falta de profesionalidad: indica que estás funcionando bajo un patrón fisiológico propio de situaciones de amenaza. El problema no es sentirlo; el problema es no haber entrenado para mitigarlo.

4. Fase 3 – Descarga: cuando la situación termina pero tú no

Una vez finaliza la intervención, el cuerpo no vuelve inmediatamente a su estado natural. El sistema parasimpático intenta recuperar el equilibrio y esto provoca sensaciones que muchos agentes operativos interpretan como debilidad: temblores, frío repentino, náuseas, necesidad de evacuar, o un cansancio brusco que aparece en cuanto baja la intensidad. Lejos de ser un fallo, es un reajuste fisiológico lógico después del esfuerzo extremo (psicológico o físico).

Mientras tanto, la mente empieza a reconstruir lo ocurrido, pero lo hace de forma fragmentada. Es normal que haya lagunas, que unas imágenes vuelvan repetidas o que surja una culpa anticipada al no recordar con claridad ciertos momentos. La evidencia científica demuestra que la memoria inmediata posterior a un evento crítico es especialmente vulnerable, por lo que exigir precisión quirúrgica en este punto no es realista ni justo, aunque sea lo que se nos exija en cualquier intervención y jurídicamente sea analizado hasta la extenuidad..

Aquí reside uno de los mayores riesgos operativos y jurídicos. Las primeras declaraciones, los comentarios a compañeros o la redacción de una comparecencia inicial pueden contener errores involuntarios derivados del estado fisiológico, no de la intención. Por eso en muchas ocasiones se recomiendan dejar un margen de horas antes de plasmar declaraciones detalladas. Una intervención correcta puede verse comprometida por una explicación redactada en el momento menos adecuado.

5. Fase 4 – Integración: lo que queda cuando vuelves a casa

El ciclo del estrés no termina al cerrar el atestado ni al finalizar el servicio. En los días y semanas siguientes se decide si la experiencia se integra de forma saludable o si empieza a generar síntomas posiblemente perjudiciales. El trabajo Policial expone de forma repetida a eventos críticos, lo que aumenta la probabilidad de desarrollar síntomas de ansiedad, hipervigilancia, pesadillas, irritabilidad o evitación de ciertos escenarios. Estos cambios no hablan de fragilidad, sino de exposición continuada a situaciones que alteran el sistema nervioso.

Aun así, existen factores protectores de mucha importancia. La cultura profesional influye enormemente, como puede ser un debriefing adecuado valorando la situación vivida, analizando errores, logros y plasmando las sensaciones y pensamientos.

La ciencia policial y avance en la concienciación del bienestar psicológico de los agentes ha llevado a la creación de gabinetes psicológicos en la misma estructura orgánica de los Cuerpos de Seguridad que cuentan con apoyo psicológico estructurado y que fomentan el entrenamiento realista, reduciendo las posibilidades de problemas posteriores tras intervenciones de alta intensidad. Hablar de lo vivido, cuidar al compañero y recibir información clara sobre lo que es normal y lo que necesita seguimiento hace que la experiencia se procese mejor y no quede enquistada.

6. Lectura humanista y profesional del ciclo

El mensaje clave es simple pero profundo: lo que te pasa es normal; cómo lo gestionas es tu responsabilidad profesional. No hay honor en ocultar reacciones fisiológicas universales (que se dan al ser humanos por el simple hecho de serlo) ni orgullo en fingir que nada te afecta. La fortaleza real está en formarte, en conocerte, en pedir apoyo cuando hace falta y en acompañar al compañero que está pasando por su propio ciclo.
El estrés no es un enemigo: es un indicador. Es el recordatorio de que eres humano, de que tu cuerpo reacciona a la amenaza y de que tu misión como agente operativo de cualquier Fuerza y Cuerpo de Seguridad exige una preparación que va más allá de la técnica. Entrenar bajo estrés, mantener una ética clara y no perder de vista para qué hacemos lo que hacemos son las verdaderas claves para operar con humanidad y profesionalidad incluso en las circunstancias más difíciles.

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