Introducción
A veces hace falta volver a un momento muy concreto de nuestra vida para entender en qué punto estamos ahora.
En el caso de los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, ese momento está señalado. La entrevista personal con el psicólogo, la defensa ante el tribunal, la época de oposición.
Ese periodo en el que luchábamos por entrar y defendíamos sin dudar por qué queríamos pertenecer a la Policía Nacional o a la Guardia Civil.
Un tiempo en el que quemábamos horas de estudio, entrenamientos, renuncias personales y nervios, pero en el que, aun así, encontrábamos fuerzas para convencer a cualquiera (psicólogo, familiar, amigo o desconocido) de que estábamos hechos para esta profesión.
Hoy, con años de servicio, turnos, guardias, cambios de normativa, decisiones discutibles y piedras constantes en el camino, corremos el riesgo de olvidar quiénes éramos entonces y por qué empezamos.
En momento de bajón, de desmotivación en el trabajo o de flaqueza, un revulsivo sería volver mentalmente al momento de la defensa ante el psicólogo en la entrevista personal, a revistar esa etapa, no para recrearnos en la nostalgia, sino para recuperar una mirada más limpia y más justa sobre nuestra profesión que estamos ejerciendo y sobre nosotros mismos.
Cuando luchábamos por un “apto”
Si lo pensamos con calma, la etapa de la oposición fue una fase muy particular, enfocada y concreta de nuestra vida.
Una etapa dura, llena de sacrificios, pero muy clara en cuanto a objetivos. Olvidamos con facilidad esa época en la que luchábamos por entrar y defendíamos con uñas y dientes el por qué uno quiere pertenecer a la Policía Nacional o a la Guardia Civil.
¿Quién no se esforzó en convencer al psicólogo o al entrevistador que tenía en su mano el “apto” que podía decidir tu futuro?
Nos sentábamos delante de aquella persona sabiendo que, en pocos minutos, se jugaba todo el trabajo de años. Y, aun así, hablábamos con determinación, con nervios, con la verdad… aunque solo fuera la verdad de aquella etapa.
Fuera de esa sala, hacíamos algo parecido con familia y amigos.
Muchos recordarán esas conversaciones interminables, casi pesadas, en las que avasallábamos a cualquiera que nos escuchara para demostrar o aparentar los grandes Policías o Guardias Civiles que íbamos a ser, como íbamos a mantener esa constancia pese a cualquier adversidad.
No lo hacíamos por ego. Lo hacíamos porque necesitábamos creer que todo ese esfuerzo merecía la pena.
Y, aun así, también había dudas. ¿Es esta de verdad mi profesión?, ¿Seré capaz de llevar la carga que implica?
Lo cierto es que la mayoría eligió este camino de forma voluntaria y libre, sin presión externa, sin obligación de pasar por todas las decisiones, renuncias y esfuerzos que se realizan hasta llegar a jurar el cargo.
Ahí está una de las claves que conviene no olvidar, nadie nos arrastró a esto. Lo elegimos.
Y lo elegimos con ilusión, con una mezcla de miedo y orgullo, con la intención de aportar algo bueno a la sociedad.
Todas estas preguntas, esa mezcla de ilusión y vértigo, deberíamos hacérnoslas de manera periódica para volver a ese momento.
No para quedarnos anclados en él, sino para mantener viva la constancia y la profesionalidad que demostramos cuando todavía no teníamos ni placa ni destino.
En aquella época no nos parábamos a pensar si la ley era exactamente acorde a nuestros pensamientos, si el político de turno comulgaba con nuestras ideas o si el clima social era favorable o no. Ese no era el foco.
Nuestro foco era claro: entrar, superar cada prueba, enfrentarnos a cada barrera con el fin de pasar a la siguiente y de conseguir ese objetivo que en ese momento, era lo más importante.
Fue una etapa de objetivos muy marcados y de enfoque sin distracciones banales.
Queríamos ser lo que hoy muchos son, sin que importara demasiado cómo estaba la situación externa al gremio.
Sabíamos que no iba a ser perfecto, pero la ilusión por servir, por luchar contra el crimen y por ayudar al ciudadano estaba por encima de cualquier duda política o social.
En esa etapa, nada se ponía entre nosotros y el uniforme.
Asumíamos que habría noches malas, riesgos, injusticias y decisiones difíciles, pero aun así estábamos dispuestos a ser justos y a aplicar los principios y valores de la profesión frente a todo.
Nos prometíamos a nosotros mismos que no perderíamos esa manera de ver la labor policial.
La pregunta es: ¿qué ha pasado desde entonces para muchos agentes? que parece que están obligados a mantener esa profesión, que ven esto como un esfuerzo continuo para mantener la cordura laboral, que no dejan de ver obstáculos cuando antes era todo un camino afable y de superación.
El paso del tiempo.
¿Qué ha cambiado desde aquella oposición hasta hoy?
La respuesta parece sencilla: el tiempo, la vida, las personas, las experiencias.
El tiempo pasa, la vida se endurece, las responsabilidades crecen, y lo que antes veíamos como un reto hoy a veces lo percibimos como una carga.
La profesión ha ido avanzando y transformándose a la par que el resto de contextos y circunstancias.
La Policía Nacional y la Guardia Civil se han desarrollado y progresado con el tiempo, no se han quedado estancadas.
Ese avance es al final, un reflejo de la vida que tenemos y de la sociedad en la que vivimos, con la evolución de la tecnología, más control, más exposición, más exigencia, más transparencia, además del aumento de estímulos externos que tenemos día a día.
Cuando valoramos la situación actual dentro de nuestro gremio, alabando o criticando la situación en la que se encontraban los más veteranos, muchas veces caemos en un error.
Idealizamos su época o la demonizamos, pero pocas veces la entendemos con los matices y las particularidades de eses momento.
Esos veteranos tuvieron sus perjuicios y sus ventajas en relación a su tiempo.
Por un lado, la falta de medios, la escasez de formación específica, una jerarquía más inquisitiva y la época del terrorismo supusieron un perjuicio enorme.
El día a día de cualquier uniformado podía convertirse en una auténtica actuación de supervivencia. Cada servicio implicaba un riesgo muy real que a menudo ni se contaba al llegar a casa.
Por otro lado, también disfrutaban de algo que hoy casi hemos perdido. La tranquilidad mental de no estar manipulados ni contaminados continuamente por medios, redes sociales, y flujos de información masiva.
La ausencia de publicidad constante, la falta de exposición pública permanente y la posibilidad de desconectar de verdad al llegar a casa, rodeados únicamente de su núcleo más cercano, hacían que, mentalmente, se estuviera más sano o estable psicológicamente, simplemente por la falta de estímulos continuos a cualquier hora del día.
Hoy tenemos mejores medios, más formación, más garantías jurídicas, más información, más herramientas.
Pero también más ruido, más opinión constante, más presión social, más cámaras grabando cada movimiento y cada posible error, más titulares interesados, más comparaciones internas, más juicios externos.
Las decisiones que tomamos en el pasado (ejercer esta profesión, aceptar un destino, asumir un tipo de vida) se mantienen en el tiempo y tienen consecuencias en nuestro presente, y para algunos, con el tiempo, esas consecuencias empiezan a pesar.
Eso que valoramos en el pasado como el fin único que perseguíamos con ilusión, puede convertirse con los años y si lo enfocamos mal, en un esfuerzo constante que nos repercute negativamente en cada servicio que realizamos.
Y eso que creíamos que nunca nos iba a afectar (las críticas, la política, las decisiones de despachos, los cambios normativos) termina muchas veces anclado en nuestro pensamiento, golpeándonos día tras día, influyendo de forma nefasta en nuestra vida laboral y personal.
Ahí empieza a cambiar el sentido en el que percibimos nuestra profesión.
No ha cambiado tanto el trabajo en sí, ha cambiado nuestro foco, nuestra forma de mirar lo que hacemos.
Cuando lo negativo se apodera de tu servicio.
Cuando ese cambio de foco se mantiene en el tiempo, cuando la negatividad se convierte en la forma principal de afrontar nuestro trabajo, llega un punto en el que tenemos que tomar una decisión.
Si cada día es una queja, si todo es culpa de lo que viene de fuera (las leyes, los jefes, los subordinados, los políticos, la sociedad) y nunca revisamos qué parte de responsabilidad tenemos nosotros, acabamos atrapados en una dinámica peligrosa: todo lo de fuera está mal, y yo solo puedo aguantar y quejarme.
Si este cambio de enfoque se convierte en nuestro modo de funcionamiento habitual, si la culpa externa es nuestro principal filtro para lidiar con el trabajo, tristemente debemos tomar una decisión clara.
Solo hay dos caminos:
Cambiar tu manera de pensar
Intentar reordenar la forma en la que interpretas la realidad.
Aceptar que lo externo no va a dejar de existir y que tu margen de maniobra está en cómo reaccionas tú frente a todo eso.
Si cambias tu pensamiento, poco a poco cambiarán tus emociones y, como una cascada, eso se va a exteriorizar en tus acciones.
Se trata de intentar volver a una ilusión coherente y adaptada a tu vida actual; familia, compromisos, obligaciones, prioridades nuevas. No se trata de vivir como en la academia, sino de recuperar la dignidad y el sentido de lo que haces hoy, con tus circunstancias de hoy.
Cortar de raíz
Si eres incapaz de hacer ese cambio interno, si no puedes ver más allá del malestar acumulado, si cada día te levantas con la sensación de que esto es una condena, entonces hay que tener la valentía de reconocer que quizá este trabajo ya no es para ti.
Y eso no te convierte en peor persona ni en peor profesional.
Te convierte en alguien honesto que prefiere buscar un empleo que le permita vivir con mayor paz y alegría, antes que soportar día tras día una situación que arrastra a todos los que tiene alrededor.
Lo que no es de recibo es mantenernos en un punto intermedio dañino,
seguir en la institución, seguir cobrando, seguir vistiendo el uniforme, pero no saber gestionar nuestras frustraciones y permitir que eso llegue a influir negativamente en la vida laboral de los compañeros, los subordinados, los jefes o peor aún, en la familia.
El trabajo en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad es, en su base, una labor vocacional.
Pero, aunque no estás obligado a mantener la misma vocación ardiente de por vida, sí debes intentar fluir de manera positiva hacia quien te rodea, para no transmitir tus lastres personales, tus vivencias mal digeridas o tus experiencias negativas a todos los que comparten servicio contigo.
Si ya no lo haces por vocación, hazlo al menos por principios o por valores profesionales.
Por respeto al ciudadano, por respeto al compañero, por respeto a ti mismo.
Todo lo que estamos abordando nos lleva a la base real de nuestra vida,
a todos los años que pasamos diciendo en qué trabajamos y lo que somos.
Si no eres capaz de disfrutar, al menos de forma sana, de esa identidad profesional, si ya no encuentras sentido a lo que haces, si no eres capaz de volver, aunque sea un momento, a esa etapa en la que tu gloria más ansiada era vestir el uniforme, entonces tienes un problema serio que no puedes dejar de lado.
La solución pasa por volver a los inicios y aceptar que todo lo externo (las leyes, los jefes, los subordinados, la política social) forma parte de la ecuación.
No va a desaparecer, habrá injusticias, decisiones absurdas, momentos de impotencia.
Pero si aceptas que eso es parte del terreno de juego, puedes intentar construir una aceptación positiva y prolongada de tu día a día como Policía o Guardia Civil.
Si no eres capaz de volver, ni siquiera un poco, a esa ilusión o a una estabilidad mental laboral razonable, lo que estás haciendo se parece demasiado a una tortura voluntaria.
Y esa tortura no se queda dentro del cuartel o de la comisaría:
se filtra a tu casa, a tu familia, a tus amigos, y, sobre todo, contamina la labor profesional que mantienes durante gran parte de tu vida.
Conclusión: Volver al inicio
Por todo esto, merece la pena detenerse un momento y volver a la entrevista.
Volver mentalmente a esa sala, a ese despacho, a esa mesa en la que te sentaste delante de un psicólogo o de un tribunal y defendiste, con todas tus fuerzas, que querías ser Policía o Guardia Civil.
Recordar cómo tenías que sacar fuerzas de cualquier piedra que se pusiera en tu camino, cómo convertías cada obstáculo en una motivación más, cómo respondías a las preguntas incómodas con sinceridad y ganas de demostrar que eras el candidato idóneo.
Te jugabas un “apto” o un “no apto”, sí, pero en el fondo te estabas jugando algo más: el derecho a vivir la vida profesional que tú habías elegido.
Hoy, con años de servicio, ese “apto” ya lo tienes.
La placa ya está en tu pecho, el uniforme en tu taquilla, el número de identificación es el mismo día tras día.
Lo que corre el riesgo de cambiar, y a veces de perderse en la parte negativa de la balanza, es la mirada con la que ves todo eso.
Volver a la entrevista no es quedarte a vivir allí.
Es recordar qué te movió, por qué luchaste tanto, qué prometiste, qué esperabas aportar.
Es preguntarte, con honestidad, si aún queda algo de aquel opositor dentro de ti y qué necesitas hacer para que esa parte vuelva a tener peso en tu día a día.
Puede que la respuesta sea ajustar expectativas, puede que sea pedir ayuda, cambiar de destino, formarte más, poner límites, trabajar tu salud mental o, en casos extremos, salir de la institución.
Pero la pregunta de fondo es siempre la misma:
¿Quiero seguir aquí de manera consciente y responsable, o estoy simplemente aguantando una tortura voluntaria que destruye lo que soy y lo que rodeo?
No se trata de romantizar la profesión ni de negar los problemas reales que tiene.
Se trata de reconectar con el sentido, de no dejar que lo externo borre por completo el motivo por el que un día, con nervios y ojos brillantes, te sentaste frente a un entrevistador y dijiste: “Quiero ser Policía”. “Quiero ser Guardia Civil”.
Si eres capaz de volver ahí, aunque sea un momento, tendrás un punto de apoyo mucho más sólido para decidir cómo quieres vivir esta profesión a partir de ahora.
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