Ciudades pequeñas y pueblos: más tranquilas pero MENOS seguras.

La imagen idílica de los pueblos y ciudades pequeñas como reductos de tranquilidad, donde todo el mundo se conoce y reina una cierta paz social, es una verdad a medias. Sí, puede que el ritmo de vida sea más pausado, los saludos más frecuentes y las caras más familiares. Pero cuando entramos en el terreno de la seguridad —la de verdad, la que se mide en intervenciones objetivas, aplicación imparcial de la ley y profesionalidad en la calle—, las cosas cambian. Y mucho.

Porque una cosa es que haya menos ruido, y otra muy distinta que haya más seguridad.

¿Qué pasa cuando la policía está involucrada personalmente en la ciudad?

En las grandes ciudades, el agente patrulla de forma impersonal. Actúa como debe, sin mirar caras ni nombres. Cumple su trabajo, aplica la ley, ejecuta la instrucción que toca. No le condiciona si el infractor es el primo del panadero o el cuñado del alcalde. El anonimato, en este caso, se convierte en un aliado de la legalidad.

En cambio, en las ciudades pequeñas o pueblos, el uniforme no borra la historia personal. Y eso pesa. Pesa saber que ese detenido es vecino del portal de enfrente. Que el testigo es el cuñado de tu compañera. Que el denunciante es el hijo del presidente de la asociación de vecinos, con quien compartiste barbacoa el domingo pasado. Pesa tanto que muchas veces paraliza.

La profesionalidad empieza a tambalearse cuando entra en juego el «nos conocemos todos», el “no te pases que aquí se habla” o el ya clásico “esto no es Madrid”.

El enemigo de la equidad: el favor y el miedo

¿Y qué pasa cuando al “malo” lo conoces desde hace años? ¿Cuando su familia te ha echado un cable alguna vez o simplemente sabes que es mejor no tocarles las narices? Lo que pasa es que te condicionas. Y lo peor es que a veces ni siquiera eres consciente de ello. Cambias el tono, suavizas la intervención, evitas levantar acta o simplemente decides que “por esta vez lo vamos a dejar pasar”.

Eso, compañero, es corrupción blanda. Y es la más peligrosa. Porque no se nota, no se ve, pero mina los cimientos de nuestra función y de los derechos de cualquier ciudadano.

La ley no debe aplicarse según el tamaño del municipio, ni según lo conocido que sea el infractor. La ley se aplica. Punto. Con respeto, con humanidad, pero también con firmeza y profesionalidad.

El respeto no se exige, se gana

No esperes que te respeten por llevar un uniforme. Te respetan cuando actúas con firmeza, cuando lo haces con formación, con conocimiento, con la cabeza fría. Cuando se ve que lo tuyo no es un capricho ni una venganza, sino el cumplimiento de un deber.

Actúa como si te estuvieran grabando. Como si mañana tu intervención saliera en prensa o en redes. Habla como si llevaras un micrófono encendido. No porque debas tener miedo, sino porque esa es la mejor garantía de que lo estás haciendo bien. Si el “malo” ve que no improvisas, que te basas en ley, que no entras en chanchullos ni en complicidades absurdas, no tendrá nada que reprocharte. Y el ciudadano de bien, menos aún.

Cuando el entorno condiciona más que la ley

Frases como “aquí mejor no te compliques”, “eso lo arreglamos con una llamada” o “vas a parecer un palotero” son síntomas claros de un entorno laboral enfermo. Y no se cura con quejas en la esfera interna de la comisaría. Se cura con ejemplo.

El ejemplo de actuar igual en Madrid, en Vigo o en Granada. Igual con el gitano del mercadillo, con el inmigrante, con el empresario o con el notario del centro. Con las mismas ganas, con el mismo respeto, con la misma coherencia, con la misma contundencia.

Y si te critican por hacerlo bien, vas por buen camino. Porque en un entorno cómodo, quien actúa con ética suele resultar incómodo.

Profesionalidad sin importar el código postal

La actuación policial debe ser uniforme. No puede ser que un mismo delito se tramite de forma distinta en función de dónde ocurra. El ciudadano que sufre una estafa, un robo o una agresión tiene derecho a que se le atienda igual, sea en el centro de Madrid o en un pueblo de Cáceres. Y eso empieza por nosotros, por aplicar los mismos criterios legales, los mismos protocolos, la misma voluntad de servicio.

Porque si no lo hacemos, estamos fallando. Y no a la institución. Al ciudadano. A quien espera que, por muy pequeña que sea su localidad, la policía sea grande en su actuación.

Conclusión:

La tranquilidad no es sinónimo de seguridad. Y la cercanía no puede ser excusa para la inacción. Ser policía no es adaptarse al ambiente, sino adaptar el ambiente a la ley. Actuar con firmeza, profesionalidad y respeto no depende del lugar, sino del valor con el que decidas cumplir lo que un día juraste.

Y si no puedes mirar a los ojos al infractor, al compañero y al ciudadano con la misma coherencia… entonces, algo está fallando. Y no es el lugar. Eres tú.

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